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jueves, 16 de mayo de 2019

Y se abría la puerta.



Y se abría la puerta.

Siempre pasaba lo mismo y siempre era a la misma hora.
Cuando se abre la cuarta dimensión, cuando se producen los viajes astrales, cuando los muebles crujen y oímos en el silencio... la puesta siempre se abría.
Era un sonido metálico, de bisagra poco engrasada, de aire en frío en la cara, pero siempre sonaba, a la misma hora, y la puerta, siempre se abría.
El joven Adrián decidió encontrar el porqué, descubrir el cómo, y tuvo que ausentarse de sus tierras y de esa puerta que, cuando al acostarse cerraba, siempre amanecía abierta.
Cogió su caballo y emprendió viajes a la montaña, la montaña de la sabiduría, la montaña de los 5000 metros, la montaña donde estaba ubicado el monasterio, el monasterio  de los monjes Templarios de Cristo, donde estaba fray Teodoro, erudito de la época, médico, hombre de Fe, conocido por su valor ante su oposición a La Inquisición, a la hoguera, a la quema de mujeres y niños y a la destrucción de la poca cultura que existía en la época.

Cuando llegó a la montaña la nieve cubría toda la piedra viva, no había ni una brizna de hierba.  El joven Adrián cubierto con los ropajes más abrigados que poseía llegó al portalón del viejo monasterio.   El aire de las montañas cortaba la piel de su rostro y sus manos engarrotadas apenas tuvieron fuerzas para llamar otra vez al llamador.

El monje más anciano del pequeño monasterio fue el encargado de recibirle.  Asombrado por la inesperada visita invitó a entrar al  valiente viajero. Aunque sabía que nadie pasaba por allí sino era por algún motivo.  Aquel monasterio no estaba en mitad de ninguna parte.   Quien llegaba es que buscaba sus muros.

Adrián no tardó en  dejar claro sus intensiones.  ”Necesito verle".  No hizo falta dar más explicaciones. El monte aún con su vista octogenaria pudo ver el colgante brillando tras los ropajes cubierto de frío, nieve y cansancio.   El viejo  le invitó a descansar y un poco antes de la cena prepararía el encuentro. El joven insistió y su acompañante con sus pies cansados lo acompañó hasta una gran sala.  ”Anunciaré tu llegada" Dijo mientras se perdía por el pasillo y dejaba al viajero junto al crepitar de la chimenea.

Su rostro ya tenía cierto color y sus manos resucitaron del frío.   Se giró al escuchar los pasos de las sandalias.
"Esperaba tu visita"

"yo en cambio esperaba no tener que volver, en cambio en los último tiempos vuelvo a estar inquieto, vuelvo a tener la sensación de no estar  solo en casa, de que  desconocidas visitas llegan en la noche sin decir nombre ni motivos. Creo que mi mente vuelve a perderse."

"No hijo mío, no estas perdido. Necesitábamos tu ayuda de nuevo"

El desconcierto abrazó la mente del muchacho.  Una fuerte punzada le recorrió todo su cuerpo, de pronto los olores y los colores del lugar no les eran desconocidos y una confortable sensación de hogar hizo expandir su bienestar.
El hombre con el que hablaba portaba un colgante similar al suyo.  Le hablaba de cosas que no entendía demasiado pero que les eran familiares, por libros que había que tenía en casa y por cuadros que heredó de su padre. 
 La conversación los llevó a uno de los rincones de la sala.  El monje abrió una estantería demasiado grande y pesada para creer que fuera capaz de desplazarla pero lo consiguió...

Dejó caer una especie de manta, el polvo acumulado impidió ver  a primera vista lo que quería mostrarle pero a penas un instante después pudo ver el brillo del acero, el dorado de los escudos, La cruz, la espada y el terciopelo de los ropajes.
" Te han estado esperando demasiado tiempo.  El acero y el fuego te esperan.  Y sabemos... tenemos la certeza que ninguno de los nuestros tiene el acero tan afilado ni un corazón tan impasible como el tuyo.  Tenemos demasiado impíos a los que conducir por el camino de nuestro Señor".

Adrián en silencio, absorto por los acontecimientos no dijo gran cosa, solo alcanzó a agarrar con fuerza la empuñadura de aquel acero... No tardó en teñirlo de rojo sangre.

Y se abría la puerta.
Siempre pasaba lo mismo y siempre era a la misma hora.
Cuando se abre la cuarta dimensión, cuando se producen los viajes astrales, cuando los muebles crujen y “oímos en el silencio”... la puerta siempre chirriaba y siempre se abría.
Era un sonido metálico, de bisagra poco engrasada, de aire en frío en la cara, pero siempre sonaba, a la misma hora, y la puerta, siempre se abría.
El joven Adrián decidió encontrar el porqué..., descubrir el cómo..., y tuvo que ausentarse de sus tierras y de esa puerta que, cuando al acostarse cerraba, siempre amanecía abierta.
Cogió su caballo y emprendió viajes a la montaña, la montaña de la sabiduría, la montaña de los 5000 metros de altitud, la montaña donde estaba ubicado “el monasterio”, el monasterio  de los Monjes Capuchinos, el monasterio donde estaba Fray Teodoro, erudito de la época, médico, hombre de Fe, conocido por su valor ante su “oposición a la hoguera”, a la quema indiscriminada de mujeres, hombres  y niños, de jóvenes y ancianos, a la quema y destrucción de la poca cultura que existía en la época.
Fue un viaje peligroso. Las bajas temperaturas y el hambre voraz de los lobos no lo dejaban dormir. El crujir de ramas de pisadas de asesinos y delincuentes tampoco. Un hombre sin caballo en esas tierras solo podría sobrevivir unos días, y él lo sabía.
Llegó un día antes de lo esperado y pidió hablar con Fray Teodoro, el monje guerrero.
Estaba retirado en una celda, cerca de la biblioteca, cerca de los comedores, con un patio interior, viviendo de una manera mísera.
Adrián se presentó. Le mostró respeto y le contó el motivo de su viaje.
Fray Teodoro lo escuchó. No lo interrumpió.
Su aspecto era frágil pero la edad y la enfermedad no le habían arrebatado su mayor tesón, su cultura y su saber.
“Cada noche, cuando se abren las puertas de la 4ª dimensión, siempre siento un aire frío en la cara y siempre oigo chirriar la puerta...”, comentaba Adrián.
Fray Teodoro lo escuchaba, le preguntaba, “quizás una corriente de aire...”, “quizás la humedad en el ambiente...”, pero la llama de la vela siempre estaba vertical y nunca se mecía frente al aire frío que recorría noche tras noche su cara.
Al final, Fray Teodoro, después de mucho pensar, solo pudo contestar y afirmar lo que solo pueden contestar los grandes, los que están por encima del juicio de los mortales, los no temerosos, los que parecen impasibles ante los juicios de los mortales, los sabios y eruditos, y le contesto...“no lo sé”.


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